Francine, que estuvo en el campo con su madre, gozaba de la oportunidad de poder comer una chocolatina. Un día, una mujer que estaba con ellas, se puso de parto, estando en un estado muy débil. Su madre la miró y le dijo: “Si no te importa, voy a darle el chocolate a nuestra amiga Hélène, porque partiendo aquí, ella podría morir”. “Si mamá, cógelo” dijo ella.
Tanto el bebé como la madre sobrevivieron, no solo al parto, sino al holocausto, igual que Francine y su madre.
Esta mujer, que ahora tiene 83 años, ha dedicado gran parte de su vida a contar su experiencia y sus recuerdos, especialmente a las generaciones siguientes. En una de sus última conferencias, en la que exponía un tema tan interesante como qué hubiera pasado si los supervivientes del holocausto hubieran tenido ayuda psicológica al volver a sus vidas, pasó algo extraordinario.
Durante el ciclo de conferencias, una mujer que tenía que dar una charla se dirigió a Francine: “Vivo en Marsella, soy psiquiatra. Antes de dar mi charla, tengo algo para Francine Christophe”. La mujer buscó en su bolsillo, sacó una onza de chocolate, se la dio y le dijo:
