Cien días después del 24 de febrero de 2022, el mundo ya no es el mismo. La guerra, que comenzó con el anuncio de Vladimir Putin de su “operación militar especial”, cambió la vida de Ucrania, Rusia, Europa y el mundo en general. Hay un antes y un después de aquel día de febrero en el que el presidente ruso habló a la nación desde el Kremlin. Y toda esta convulsión, cuyos efectos ciertamente podríamos comprender sólo cuando la guerra haya terminado e incluso después de años, ya puede definirse como un terremoto que ha revolucionado las ideas mismas de las relaciones internacionales y de los actores que la protagonizan.
Volvemos a referir un párrafo de un famoso artículo de Henry Kissinger publicado en 2014: “Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca será simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó Kievan-Rus. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos y sus historias estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando con la Batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, que es la manera como Rusia proyecta su poder en el Mediterráneo, tiene su base de operaciones estratégicas e históricas en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia”.
Podemos inferir que Occidente (por mencionarlo de alguna forma) no tenía un plan político coherente y sostenible para Ucrania. Pero tampoco respetó el principio político de la guerra.
Claramente la guerra se desarrolla entre la OTAN y Rusia, y el campo de batalla es Ucrania.
NUEVO PAPEL PARA MOSCU
La guerra cambió radicalmente la idea sobre Rusia, considerada en ciertas ocasiones como una ambiciosa potencia en decadencia con alma imperial.
Putin, se ha asegurado de que este conflicto señale un nuevo papel para Moscú como potencia global, una gran potencia a toda costa. Hasta el punto de que la amenaza nuclear este merodeando como un espectro. Esta inquietante solución alternativa parece decidir el rango del poder ruso. Además, la Federación Rusa ha entrado en estos cien días no solo en el aislamiento internacional, con sanciones de todo tipo, sino también en una nueva percepción de sí misma por parte del resto del mundo. Europa, que miraba hacia el este con una mezcla de interés, miedo y respeto, vive hoy la relación con el gigante del flanco oriental de una forma completamente diferente. La propia Alemania se debate en estar condenada a romper el cordón que la une a los campos de Siberia y el Báltico. Y Moscú hoy parece ser un país que ya no está incluido en los foros internacionales.
Las operaciones desde el punto de vista militar en la llamada “segunda fase” dan claramente una importante ventaja a Rusia. Según declaraciones recientes el presidente Zelensky aseguró que Rusia controla aproximadamente un 20 por ciento del territorio de su país y que la línea de frente de combate se extiende a lo largo de más de mil kilómetros. También en los últimos días podemos notar un giro en las opiniones de los medios de comunicación occidentales ante la evidencia de los hechos. Sin dejar de considerar que el principio de ofensiva clausewitziano sostiene que el atacante tiene el tiempo en su contra, mientras el principio de la primacía de la defensa indica que el defensor puede sumergirse en la retirada al interior del país con todo el tiempo del mundo. Para ilustrar el momento actual del conflicto.
UCRANIA Y EL MUNDO
Ucrania también ha cambiado radicalmente su rostro hacia el mundo. De un país considerado primero como una emanación directa de Moscú y luego como una falla geopolítica entre Oriente y Occidente, hoy Kiev se presenta al mundo como un país mártir donde se desarrolla la gran guerra que puede cambiar el destino del planeta. Volodymyr Zelensky, después de cien días, es un líder bienvenido y aclamado en el mundo occidental. Su figura evidentemente mediática que pasa de las grandes cumbres internacionales a los eventos costumbristas más importantes, un montaje de héroe que en cierto modo también resulta incómodo, pero que representa a la perfección a un país que debe resistir a toda costa. Su gobierno, generalmente formado por “halcones” antirrusos, que está adquiriendo características únicas en el panorama europeo, no sólo pro-UE, sino sobre todo atlantista y nueva pata de ese sistema balcánico-báltico.
La “operación militar especial” afectó entonces claramente a la idea misma de Europa y las relaciones transatlánticas. La Unión Europea ha intentado definirse y proclamarse como sujeto geopolítico, especialmente en la fase intermedia entre la retirada de Afganistán y el inicio de la escalada entre Rusia y Ucrania, pero evidentemente ha fracasado. Bruselas aparecía esencialmente como una capital de la OTAN, como efectivamente lo es formalmente, y no como un centro político eminentemente europeo. Francia y Alemania lo han intentado, a través de Emmanuel Macron y Olaf Scholz, para evitar lo peor, pero ni siquiera las larguísimas conversaciones con Putin han podido solucionar el conflicto. Por el contrario, otros países, especialmente los bálticos, han sido capaces de ofrecer certidumbres inmediatas a la OTAN.
El Reino Unido, que había salido de la UE, ha vuelto a entrar (si es que alguna vez se fue.) en el juego europeo a través de su estrategia militar y diplomática. Mientras que en el norte, con la solicitud de adhesión de Finlandia y Suecia, asistimos al final de las últimas vanguardias del neutralismo europeo resultante de la Guerra Fría.
EL ROL DE LOS ESTADOS UNIDOS
Estados Unidos juega su gran juego asegurándose de no perder su “imperio” europeo. En estos cien días, Washington ha sido capaz de liderar el bloque euroatlántico en el desafío al Kremlin, tanto a través de las armas contra Ucrania como a través de las sanciones contra Rusia.
El resultado fue un inmenso juego de ajedrez en el que EE.UU. buscando que Ucrania sea el nuevo Afganistán: el que derrotó a la Unión Soviética. “Queremos ver la derrota estratégica de Rusia”: así lo decía la embajadora estadounidense ante la OTAN, Julie Smith, en Varsovia, el 20 de mayo de 2022. “Queremos ver a Rusia salir de Ucrania”.
Pero el verdadero desafío para la Casa Blanca siempre sigue siendo el Indo-Pacífico. Donde transcurren los destinos del mundo, Ucrania aparece lejana. Pero la guerra de Rusia, firmemente anclada en la asociación con China es una gran “prueba de estrés” para comprender hasta dónde puede llegar un conflicto en el que Estados Unidos también está indirectamente (o directamente.) involucrado. Taiwán observa con interés.
Pero después del 24 de febrero de 2022, nada se puede decir con certeza: ni siquiera una nueva guerra.
Como decíamos en nuestro primer artículo en La Prensa: “Desde el punto de vista político-militar, estamos en un mundo tripolar en los hechos. Eso llevará inevitablemente, en el mediano plazo, a una multipolaridad. La incomprensión del marco estratégico tiene su correlato en la impotencia oculta tras la retórica. Por el contrario, la comprensión de la realidad internacional es la base para la toma de decisiones adecuadas, que ajusten a nuestra Nación ante un mundo que es como es, no como algunos creen que debe ser. No se trata de ser indiferentes ante el curso de la realidad. Como Aristóteles enseñó, la prudencia nos permite conocer la realidad para detectar sus mejores posibilidades y trabajar por su perfectibilidad: sobre la base de la concordia, anhelamos ese camino para nuestra Patria”.
