Covid-19: cinco preguntas para un epidemiólogo

– ¿Qué opina sobre la cantidad de casos que se registraron en el país desde que comenzó la pandemia? ¿Son los que se estipulaban?

– Las predicciones no se cumplieron:

* No hubo 40 millones de muertos en el año sino poco más de 1.300.000 hasta ahora, a mes y medio de terminar el año

* No hubo 200.000 muertos en Argentina ni 360.000 como anunció Alberto Kornblihtt (UBA-CONICET), ni 160.000 como calculó el reconocido sanitarista Jorge Rachid, sino más probablemente menos de 40.000 a fin de año

* No hubo 2 a 10 millones de muertos en EEUU sino poco más de 200.000 de los cuales apenas el 6% se deben al COVID-19 según el CDC de ese país

* La letalidad (proporción de muertos entre los casos) no fue del 3,5% sino mucho menor al 1%

Sin embargo, las políticas públicas y los discursos no cambiaron al compás de estas derrotas proféticas. Raro, ¿no? ¿Por qué se sostienen sin el cumplimiento de sus predicciones? Y hasta reconocidos sanitaristas pidieron al Presidente que apretara el “botón rojo” para retrotraernos a la cuarentena militarizada, la misma que se anotó varios asesinatos con la excusa de que sus víctimas no usaban barbijos o no se ajustaban a otras normas del protocolo.

Y pese a que los casos no llegaron ni por asomo al nivel anticipado por supuestos expertos, en Argentina alcanzaron para demostrar el fracaso rotundo del confinamiento universal, simultáneo, empobrecedor de los más pobres y con miles de causas penales aún en jurisdicciones sin casos. Las ciencias de la epidemiología, de la inmunología y en general de las poblaciones, quedaron impunemente de lado, mientras de confiaba en una Comisión de Expertos inexperta en epidemias con miembros atravesados por conflictos de intereses

– ¿Cree que hay más casos que los que se publican desde el sitio oficial del Ministerio de Salud?

– Seguramente. La realidad supera a los registros, si se consideran los casos que no consultan y la falta de detección de casos por el sistema de salud.

Y esto a pesar de la inducción del registro de casos que intenta el sistema cuando paga $500 diarios a los pacientes con covid-19 y cuando la Superintendencia de Servicios de Salud paga unos 10, 20 o 30 mil pesos diarios a los efectores que internan casos con diagnóstico de covid-19, les aplican cuidados intensivos o respiración mecánica, respectivamente.

Así y todo, esta inducción de registros de casos y muertes no logra ni aproximarse a las predicciones, aunque aumenta el pánico social, facilita las medidas restrictivas de la libertad personal y social, deriva fondos públicos a la industria de la enfermedad y estimula la sobreactuación del subsector privado en la captación de fondos públicos.

Esto último es peligroso: se exponen supuestos enfermos de covid-19 a sobreinfecciones y gestos instrumentales graves capaces de generar complicaciones y muertes evitables. Se sabe, por ejemplo, de la alta frecuencia de intubaciones innecesarias para la respiración mecánica de internados en terapia intensiva. La mortalidad aumenta considerablemente por estas sobreactuaciones que exponen a los padecientes por un billete más.

Sin necesidad de estos desatinos y mala praxis, propios de diversas formas de inocultable corrupción, también se registran casos y muertes por covid-19, con pruebas o sin ellas. Se inducen diagnósticos y certificaciones de muertes por covid-19 cuando se les paga $500 a los internados y $15.000 a los deudos que aceptan ese diagnóstico.

No es un problema argentino, sino de países que dictan políticas públicas al unísono, como en Estados Unidos cuyo gobierno paga U$S 5.000, 18.000 y 30.000 por internación general, por terapia intensiva y por aplicación de respiración mecánica, respectivamente. Una pregunta urticante es ¿por qué?, cosa que en Argentina sucede por primera vez en la historia.

– ¿Qué piensa sobre el común de la gente y los medios que apoyan las marchas anticuarentena?

– Las cuarentenas pueden ser sensatas o no. Si no son sensatas, como en tantos países y sobre todo en Argentina, la manifestación anticuarentena es esperable. Hasta el punto de que, como ante toda expresión social obvia, surge la pregunta acerca de quienes se beneficiaron más, si los anticuarentenas o los procuarentenas, tan fanáticos unos como otros. Depende de qué y cómo se mide. En Estados Unidos, el CDC encontró que en cinco Estados sin cuarentena (Nebraska, Ohio, Arkansas y las dos Dakotas) la tasa de mortalidad total fue significativamente menor que en los demás 45 Estados con alguna cuarentena.

En Argentina, la aprobación de la política contra la llamada pandemia bajó del 80 al 35%. Será, entre otras cosas, porque la pobreza aumentó más en los más pobres, que perdieron el 29% de sus ingresos, mientras los más ricos perdieron apenas el 11%. ¿A esto se le llama populismo de izquierda?

Argentina llegó a los lugares 6 y 2 en más muertos por millón de habitantes entre los 215 países del Mundo y 30 de América Latina respectivamente. ¿Qué objetivo nos llevó al desastre, arrodillados ante las decisiones de nuestros dirigentes?

¿No es suficiente la liquidación del trabajo y del capital público y privado para explicar la creciente resistencia popular? Como si no bastara, se agrega una desesperada subordinación a vacunas salvadoras que no han tenido los 2 años de prueba que exigen las normas internacionales para comprobar su seguridad y eficacia.

– Sobre la importancia del uso del barbijo ¿Cree que las personas lo usan cada vez menos a medida que se flexibiliza la cuarentena y se pierde el miedo?

– Son dos preguntas en una. La importancia y el uso del barbijo. Respecto de la importancia, depende de la idea central: ¿cuándo es útil el barbijo? ¿Cuál barbijo? ¿Uno común que deje entrar al virus como una bala en la manteca? El uso útil estaría en el quirófano, en el personal que trata con enfermos y en los enfermos que tratan con presuntos sanos. ¿Y en los demás usos? Es incluso pernicioso, cuando retiene gérmenes, o reduce la oxigenación y eliminación del anhídrido carbónico.

No se puede desestimar la importancia del barbijo como sometimiento, tal como como en su forma de velo se perpetuó en Asia para la mujer

El mayor o menor uso social del barbijo puede tener que ver con la percepción de su inutilidad o no. Su relativo desuso demuestra que una medida de la política pública puede parecer eterna, aunque no lo es, algo que tiene también que ver con el lugar que las poblaciones dan a esa medida. Las formas de resistencia están sujetas también a lo que el conocimiento científico puede decir de ellas. De aquí la importancia de grupos de intelectuales independientes que las examinen y se expresen con libertad.

– ¿Es un riesgo que las personas que ya tuvieron el virus se cuiden menos? ¿Qué probabilidades de contagiarse o contagiar tienen después de esto?

– Hay muchos temas cuyo estudio no está agotado. Es preciso diferenciar lo frecuente de lo que no lo es. En general, el contacto previo inmuniza. El hecho de que haya nuevos casos entre antiguos enfermos no habilita la generalización que se intenta desde la propaganda oficial. El contagio es una posibilidad, ¿pero por qué tiene ser mirado con terror? Uno puede contagiarse con virus atenuados dispersados por contagiados no susceptibles. Esos virus tienen la posibilidad de generar inmunidad activa natural, que suele ser la mejor. ¿Cómo se atenúan los virus?: por pasajes entre susceptibles que no lo son tanto. De manera que la probabilidad de contagiarse equivale prácticamente a la de inmunizarse, si hablamos de población sana. Y los que enfermaron, tienen en teoría una posibilidad pequeña de volverse a enfermar

A los laboratorios comerciales productores de vacunas, y a los funcionarios y especialistas que las promueven, les conviene sembrar la idea de que la inmunidad activa natural está ausente o es insuficiente, de manera que facilitan la idea de que la inmunidad activa artificial, a través de la vacuna, es la mejor o la única posible, ocultando muchas veces los riesgos, los bajos o nulos beneficios de su aplicación y el negocio de haber multiplicado su precio por 10 en apenas 40 años para la vacunación de un recién nacido en países pobres, desde 1980 hasta la fecha.

Dr. Mario Borini
Médico epidemiólogo

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