Esta vez no fue un grafiti, ni un dibujo perdido en el rincón de un muro, sino una gran estatua, emplazada en pleno centro, que lleva al pie su firma: Banksy. El más famoso de los artistas interventores del espacio público del que se empeñan constantemente en develar su “verdadera identidad” reaparece en la capital del Reino Unido.
Es la estatua de un hombre de traje caminando con un pie en el aire, como por dar un paso al vacío. Sostiene una bandera que le tapa la cara. Está ubicada en Waterloo Place, cerca del Palacio de Buckingham y en diálogo directo con los monumentos a el rey Eduardo VII y la enfermera Florence Nightingale.

Fue presentada al mundo en un divertido video subido a la cuenta del artista y musicalizado con una marcha triunfal. Allí se ven imágenes del montaje y de la estatua finalmente emplazada entre poderosos símbolos de Londres y la Gran Bretaña: la Union Jack ondeante, el Big Ben, la estatua de Winston Churchill. Con humor, el video termina con el testimonio de un veterano trabajador que dice: “No, no me gusta. Me gusta más aquella estatua de allá”.
Los representantes de Banksy le dijeron a la BBC que la estatua se instaló en las primeras horas del miércoles, antes de que el artista publicara el video en su cuenta Instagram el jueves a la tarde. Como todas sus intervenciones, se convirtió enseguida en una atracción que no se sabe cuánto tiempo durará allí.

Y como toda su obra, es de interpretación libre. ¿Una representación de la ceguera de los nacionalismos, con las banderas que nos impiden ver? ¿una imagen de la futilidad de las ideologías?, ¿un comentario al paso sobre su propio y obstinado anonimato?. Ahí está el monumento de una marcha triunfal, bandera en alto, de un hombre de negocios, o de un político, hacia el vacío. Hacia la nada.
