SALVADORES DE LA PATRIA YA TUVIMOS BASTANTES, JAVIER

El discurso fue excelente en sentido técnico, si hay una pieza oratoria que podría habernos convencido de que él, en su persona, es el Salvador de la Patria, es esta, poderosa, impactante, provista de interpelaciones personales bien dosificadas, de amenazas alevosas moduladas en el fluir de la exposición. No tengo dudas sobre que logró sus objetivos políticos y emocionales, y un poco más, un poco menos, nos descolocó a todos los opositores, que esperábamos este mismo Milei pero arrojándonos una retórica de menor calidad y potencia.

Milei le sacó además el jugo a las cosas buenas (desde mi posición lo digo, claro), defendibles, grandes o pequeñas, que hizo su gobierno en menos de tres meses; a las cosas de distinta relevancia que anunció que hará, a los efectos logrados por las primeras y que podrían lograrse por las segundas. No podría ser de otra manera, pero lo hizo bien. Configuró, orientó, la evaluación colectiva de su gobierno, y estuvo bien hecho.

Más allá de este reconocimiento honesto, voy a mi punto principal: no me banco los Salvadores de la Patria. Tras la Asamblea Legislativa, Milei se fue a dormir satisfecho: confirmó su papel, es nuestro salvador. Yo me fui a dormir más intranquilo. Sabíamos que este regreso de las palabras a la escena central iba ocurrir, ocurrió y lo está desempeñando muy bien. Si a alguien le interesa: mi posición no cambió nada: sigo siendo el mismo opositor a un Salvador de la Patria. En el que le toca a la Argentina de hoy, el mesianismo personal se conjugó con la situación colectiva calamitosa. Milei es la fina flor de esa conjugación.

Detesto los Salvadores de la Patria. Este, Javier Milei, es especialmente peligroso y la excelencia del discurso de ayer lo ha confirmado. Esto es parte especial del peligro: como si la sociedad estuviera a punto de caramelo para abrir los brazos y dejarse llevar por un Padre Superior que se sacrifica por su rebaño y les abre el camino hacia la Salvación. Guíanos, Milei, que tú eres el que sabe (¡Milei querido! ¡El pueblo te ha elegido! Gritaban desde el gallinero de la Cámara). El que afirme que todo esto no está en el discurso macanea. Su discurso culmina en una advertencia mesiánica y paternal: lo harán, por las buenas o por las malas.

Milei apuntala su propuesta salvacionista en tres cosas (o cuatro):

  • La presentación (que no es nueva) de una imagen histórica en perspectiva, plana y simple, de nuestros 100 años más recientes, que no serían más que compuestos por populismo fiscal y política rapaz de corrupción, y desprecio por el capitalismo y desinterés en integrarnos al mundo. Este relato histórico es una leyenda inaceptable desde cualquier punto de vista que respete los hechos, pero, como cualquier relato bien construido, se respalda en elementos verosímiles.
  • Segundo, un presente argentino drásticamente reducido a una sociedad virtuosa, que quiere mejorar, que tiene aspiraciones lógicas, que quiere enmendarse, pero que es arrasada por una casta política corrupta y voraz, que ha capturado el estado para su exclusivo beneficio. Al día de hoy, es muy fácil en la Argentina comprar esta imagen plásticamente tan tramposa de nuestro presente, y mucha gente tiende a hacerlo y discursos como el de Milei contribuyen brillantemente a eso.
  • Por fin, un futuro de Argentina Potencia (sic JDP) y capitalismo rampante que haría de nuestro país uno de los más prósperos y poderosos del mundo en pocas décadas (sic, “sentar las bases para los próximos 100 años, y para que la Argentina vuelva a ser un faro de luz para Occidente”). Obviamente, de la rigidez social, las desigualdades congeladas, el interminable regreso de los pobres a un lugar económico, social y política secundario y subordinado, no se dice palabra. No es su problema.

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