En diciembre de 2019 fue presentada al mundo la COVID-19. El nuevo «virus», supuestamente desconocido hasta entonces, había aparecido en la ciudad china de Wuhan, causando la muerte a miles de personas en apenas tres meses, según nos contaban las fuentes oficiales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) la declaró «pandemia global» el 11 de marzo de 2020. A finales de abril, esta organización ya aseguró que se habían registrado más de 2,5 millones de enfermos en más de 210 países, áreas y territorios, y cerca de 200.000 muertes.
Estas cifras oficiales despertaron muchas dudas y críticas por parte de ciudadanos, periodistas y científicos independientes, que fuimos silenciados, atacados y ridiculizados por la «verdad
oficial». Los medios de comunicación orgánicos señalaron que los diez países con mayor número de infectados eran Estados Unidos, España, Italia, Francia, Alemania, Reino Unido, Turquía, Irán, China y Rusia. Yo me preguntaba por la intencionalidad. ¿Por qué los habían elegido a ellos y les habían cosido la letra escarlata?
Aún hoy, algunas naciones del mundo están en cuarentena y los daños de todo tipo que este brutal ataque a nuestra salud y a nuestro modo de vida están causando son inconmensurables. Pero lo grave es que nos han amenazado con que el peligro persistirá. Como una espada de Damocles, el virus seguirá entre nosotros durante mucho tiempo, mutando hasta la eternidad.
Y aún más: los líderes globalistas aseguran que vendrán más. Los «expertos» estiman que se producirá una pandemia cada diez años.
