Delia Rovatí de La Plata sostiene, sin ayuda oficial, el refugio “Titucha”, en Arturo Seguí, donde cuida a centenares de animales a los que llama por su nombre. El titánico esfuerzo para atenderlos y conseguir kilos y kilos de alimento diarios.
Hace poco más de sesenta años, Delia Estela Rovatí aprendió a caminar con un collie. Sus recuerdos más remotos le devuelven la imagen de su madre, también Delia Estela, pero Perrando de Rovatí, rodeada de medio centenar de perros en su casa de Adrogué.
¿Por qué lo hacía? La respuesta de Estela -como le gusta que la llamen- es muy simple, sin rodeo alguno: “Le daba pena ver a los perritos desvalidos en la calle, algunos maltratados, otros viejitos, y se los traía”.
Ella creció con ese amor incondicional hacia los animales. Y multiplicó varias veces el legado de su madre, quien falleció en 1995. Hoy, en un predio particular de Arturo Seguí, con mucha ayuda de ESTELA ES LA JEFA DE LA GRAN MANADA. CUANDO ENTRA AL PREDIO TODOS SE DESESPERAN POR UNA CARICIA SUYA
Es martes. Tres de la tarde. Y en esa zona semidescampada de Seguí -153, 405 y 406- el calor sofocante de la Ciudad se disipa un poco. Una frondosa arboleda en la entrada del refugio Titucha-apodo que supo tener la mamá de Estela- y cierto vientito hacen que los seis o siete perros que está afuera corran y salten sin agitarse. “Mucho silencio para casi 600”, piensa un visitante. La mujer abre el portón. Y se desata un concierto de ladridos ensordecedor. En cada uno de los caniles -amplios, abiertos, cuidados- todos se amontonan, ladran, mueven la cola. Es que la jefa de la gran manada entró al predio.
Todos quieren una caricia de Estela, que llama a cada uno por su nombre. “Esta es Isabel, por la reina”, cuenta sobre una hermosa mestiza marrón de pelo largo y mal genio para las fotos. “Le debe tener miedo a la cámara”, ríe la mujer.
Fuente: El Día
